Día 1: Madrid a pie

Nuestro punto de partida fue, claro está, Buenos Aires. Ezeiza nos recibió con un día bastante tranquilo en cuanto a concurrencia y con buena puntualidad por parte del avión de Iberia que nos llevaría, en 11 horas y 50 minutos, hasta la capital de España y primer  punto de nuestro viaje.

De esas casi doce horas de vuelo no hay tanto que decir. La ansiedad por llegar hizo que pasara más rápido de lo que parece, e incluso los puntos en contra de la empresa de vuelos no fueron suficientes para sacarnos las ganas. Vale decir, para los que no estén al tanto, que actualmente Iberia se encuentra en un profundo conflicto laboral, como muchas otras empresas de España. Desde que la firma aérea anunció la creación de un servicio de bajo costo, los trabajadores reaccionaron con una serie de huelgas que desde hace un par de veces se vienen sucediendo varias veces por semana.

Afortunadamente para nosotros, eso no afectó en absoluto la jornada en que partía nuestro vuelo. Y tuvimos suerte por partida doble: algunas horas después de salir de Buenos Aires, en nuestra ciudad natal se desató un temporal que, de habernos tocado el día de partida, seguramente habría retrasado mucho nuestra partida. Con toda esa suerte a nuestro favor y las ganas de estar de una vez en suelo español (habiendo pasado el control de migraciones) poco importó la cara de pocos amigos del personal del avión, su tono tajante ante cada pedido y esa sensación de que cada vez que alguien ordenaba una Coca se estaba afectando la fabulosa tranquilidad de las y los azafatas. Pero bueno, lo que importaba no era fingir que viajábamos en primera, sino dormir lo suficiente como para poder hacer de todo al día siguiente.

Así, llegamos al aeropuerto de Barajas a pasadas las seis de la mañana y dejando atrás la posibilidad de algún pequeño retraso, es más, el avión estuvo aterrizando un poco antes de lo previsto. Nos encontramos, entonces, ante esa sensación extraña de estar en otro lugar, muy lejos de casa, sin darnos cuenta del todo, sensación que nos acompañaría por muchas horas más

Sin conocer en absoluto el aeropuesto (mis recuerdos de más de una década atrás no se centraron justamente en aspectos burocráticos de mi visita anterior, caminamos con el rebaño hasta el sector de Migraciones. Sin duda, el gran miedo de los extranjeros, sea cual sea el motivo de la llegada al país. En nuestro  caso, unas inocentes vacaciones podían convertirse, si no teníamos todo el papelerío requerido, en un rechazo y regreso prematuro a la city porteña.

Teníamos muchas cosas en nuestra contra, desde los ausentes ojos del típico empleado de ventanilla migratoria. Nuestra edad, país de nacimiento, la inexistencia de rasgos europeos podían ser suficiente para merecer muchísimas más preguntas y reparos que una pareja cincuentona alemana. Obvio. Ya nos habíamos informado y aterrado lo suficiente con amarillistas alertas en internet, historias, aunque nunca de primera mano, de turistas a los que habían rechazado y mandado de vuelta. Estábamos, como se dice, con el corazón en la boca. Pero literal. Esa sensación previa a que te devuelvan un parcial… bueno, así.

En la mochila de mano teníamos sendas carpetas con papeles de todo tipo. Desde las impresiones de todas las reservas en hostels, los últimos resúmenes de nuestras respectivas tarjetas de crédito hasta la famosa Carta de Invitación, una serte de monstruo burocrático hecho a medias entre Buenos Aires y España. La Carta de Invitación es un simple papel que cuesta su dinero y muchos dolores de cabeza. En ella consta que alguien de España nos invita, nos da alojamientos y se encarga de nosotros en todos los aspectos, incluso el criminal. Para la Carta hay que tener, por parte nuestra, una acreditación de domicilio firmada por el policía de más alto rango que se puedan imaginar, sellos y firmas del colegio de escribanos en cada páginas de nuestros pasaportes, incluso aquellas que están en blanco y, por último, un sello de la Haya. Todo eso hecho en un orden puntual que se conoce a partir de prueba y error («No puedo sellarte esto, antes tenés que ir al departamento general de policía, pero antes a la comisaría de tu barrio… y esperar a  que un policía vaya a tu barrio y no se equivoque con el oficial que le firmó el papel… y… y…»). Desde España el trámite tiene sus otros caprichos. Quien firmó nuestra invitación fue mi prima Juliana, quien actualmente nos hospeda en Madrid. Ella tuvo que demostrar que nos conocía (incluso conmigo, teniendo el mismo apellido) y sólo podía ser a través de fotografías donde apareciéramos con ella. Afortunadamente, es una fanática de sacar fotos y tenía imágenes de ambos en sus diferentes viajes. No obstante, es un requerimiento algo absurdo, considerando que presupone que quien invita a su familiar o amigo lo ha visto (cuando muchas veces la relación se mantiene vía internet) y ha tenido el reparo de sacar fotos y conservarlas. Si yo tuviera que demostrar mis vínculos por fotos, sin dudas estaría en el horno…. ya conocerá la mayoría mi ¨gusto¨ por sacar y tomármelas.

Bueno, volviendo a la ventanilla de Migraciones, teníamos a mano todo el papelerío. A la carta de invitación y como requerimientos ¨por las dudas¨ teníamos también un seguro médico y prueba de absolutamente todos los movimientos que tendría nuestro viaje, así como control absoluto del dinero, que (otra vez) ¨por las dudas¨ superaba el mínimo requerido. Nos llamaron, dimos el paso al frente y en esa mañana aún sin sol nos enfrentamos al empleado cual duelo de western.

Miró los pasaportes apenas, Argentina se leía lo suficientemente rápido. Cuántos días se quedan, cuánto dinero llevan, dónde van a hospedarse, con quién, cuánto dinero llevan, cuántos días se quedan, muéstrenme el billete de vuelta, ¿cuántos días dijeron?, bueno pasen. Soltamos todos el aire de los pulmones y nos alejamos lo más rápido posible.

Seguimos camino, ya más distendido, otra vez esa sensación universitaria, pero en este caso post parcial. Sacarse un peso enorme de encima nos permitía, por fin, empezar a sorprendernos por todo, como buenos turistas. Teníamos que tomar una especie de subte sin maquinista para llegar al sector donde se recoge el equipaje. Siglo XXI, nena.

Con nuestras mochilas salimos al encuentro de mi prima y por autovía, en cosa de unos minutos, estábamos llegando a Aluche, donde ella vive con su compañera de piso. Eran las siete y pico de la mañana, ya había un sol tibio y el frío europeo no era tan crudo como imaginábamos. Teníamos, al fin, todo un día por delante, unas tres horas de sueño a cuestas pero suficiente inercia luego de 12 horas de estancamiento como para seguir de largo.

Y sí que lo hicimos. Entregados por completo a nuestro rol de turistas hechos y derechos nos lanzamos a la Gran Vía a caminarla de punta a punta, sacando una buena cantidad de fotos, mapa en mano y con todos los clichés de los que uno se ríe estando en casa. Madrid estaba en un lunes laboral a pleno, aunque en su centro se veían principalmente turistas como nosotros.

Vimos cada monumento famoso en las inmediaciones del centro y no tardamos demasiado en encontrarnos con algunas sorpresas. Entre ellas, un Chapulín Colorado a tamaño natural (quizás más alto que el propio Chespirito) y un libro llamado Viernes Peronistas en la vidriera de una de las tantas comiquerías.

En la Gran Vía encontramos también algunos espectáculos llamativos, como el musical sobre Joaquín Sabina y unos folletos con mapa de la ciudad incluido donde se marcaban todos aquellos lugares que representaron algo importante en la vida del músico. Y si eso era suficiente para recordarnos por demás a Argentina, las recurrentes referencias a ella por momentos nos dejaron sorprendidos, sobre todo en lo musical. En las necesarias paradas del paseo para recargar estómagos notamos que la radio pasa, muy seguido, canciones de Calamaro, Fito Páez, versiones alternativas de Los Abuelos de la Nada y Mafalda está por todas partes. Un San Telmo lejano y con otro acento, pero muchos puntos de contacto. Si aún nos faltaba ese clic para darnos cuenta del todo que estábamos en otro país, esa musicalización sólo ayudaba a desorientarnos un poco más!

En otro sentido, el paseo por La Gran Vía fue un gran impacto. Si bien muchos aspectos de la arquitectura recordaban a sitios puntuales de Buenos Aires, esto es, naturalmente, una versión magnificada de lo que se trasplantó luego a la nuestra capital. Los diseños de muchos edificios son parecidos, pero mucho, mucho más grandes y por todos lados. Bueno, esto es algo más que obvio, pero en las primeras horas de llegada la sensación es más o menos esa: hay algo familiar, pero mucho más enorme.

La distribución de las calles es sin dudas lo que primero nos chocó. Saliendo de nuestra ciudad cuadriculada y de alturas de calles determinadas con un criterio puntual, Madrid y sus continuas diagonales, numeración de casas e intrincados mapas fueron todo un desafío que hasta ahora nos confunde bastante. Y así se fue sintiendo, de a poco en esas primeras horas, la confirmación de lo evidente, pero que es muy difícil entender por completo en el primer día: ¡¡¡estamos tan lejos!!!

Categorías: Uncategorized | 7 comentarios

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7 pensamientos en “Día 1: Madrid a pie

  1. Lucía

    Voy a estar siguiendo esto, viene genial!! besos a los 2, Male!

  2. Qué bueno que les esté yendo tan bien, che!! Y buenísimo que, a pesar de los miedos en el aeropuerto, no haya habido ningún problema. Male, amigate con las fotos, que si volvés con pocas o ninguna de la Convención de Doctor Who HAY TABLA!! Jaja. Sigan disfrutando! 🙂

  3. gasconjedi95

    Menudo resumen de los dos primeros días! Parece que de momento está siendo una gran experiencia, desde luego Madrid está genial jajja

  4. Me encanta cómo está escrito, qué ganas de leer más 🙂

  5. Aklay

    No puedo describir la envida que siento en este momento ¬¬
    Por cierto, en una de las fotos aparece una persona disfrazada del Hombre araña? creo que en la antepenultima

    • Malena

      Jajaja síiii después vamos a hacer una tandita con más fotos absurdas que fuimos sacando jaja.- Ese spiderman gordo tenía la tarea de arruinar todas las fotos de la plaza mayor!

      • gasconjedi95

        OOO el Spiderman gordo sigue ahÍ!! Yo creo que se pasa la vida ahí, ya lo llevo viendo dos años en Navidades jajajja

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