Día 5: Trujillo y Mérida

Finalizada la primera etapa del viaje en Madrid, nos dirigimos dirección sur en auto. Mi tía Liliana y mi prima Juliana nos llevan rumbo Mérida, la capital de Extremadura a la que se mudó mi familia al irse de Argentina. Pero, entes de cubrir los más de 300 kilómetros  que separan un sitio de otro, la parada obligada era Trujillo, situado al sureste de la provincia de Cáceres.

Fue el lugar de nacimiento de dos conquistadores especialmente sangrientos para la historia americana: Pizarro y Orellana. Para ojos turísticos, su mayor atractivo es el aspecto congelado en la historia de sus calles y el castillo árabe que inicia un recorrido épico que no puede perderse nadie que vaya a España.

En la Plaza Mayor de Trujillo, construida alrededor del monumento a Pizarro, se encuentra, además, una parada gastronómica obligada: La Troya, un típico restaurante que generaciones y generaciones de oriundos de la ciudad han visitado para llenar (y sí que lo logran) sus estómagos.

El abundante y accesible menú consta de una entrada que ya en varias cas (me incluyo) podrá ser considerada la comida completa. También los mozos ofreces distintas cortesías dela casa, como ser jamones y picadas típicas de la zona, a lo que se suma un plato principal comprendido por una amplia variedad de carnes. Recomendamos especialmente el venado. Sí, sí, suena un poco exótico, pero lo vale mucho.

Atiborrados de pan y comida emprendimos el ascenso al castillo para aligerarnos un poco y de paso dar el primer paso de lo que sería bastante reiterado en esta parte del viaje: pasear por calles milenarias, en una sensación sólo comparable, aunque resulte un poco banal decirlo, con las películas medievales.

Luego de darle la vuelta a Trujillo, seguimos ruta hasta Mérida, donde el paisaje cambiaba hacia lo romano, pero no dejaba de ser impresionante. Si Trujillo nos había maravillado por lo bien conservados de sus edificios y el aspecto típicamente caballeresco del sitio, Mérida tiene un atractivo aún más extraño, lejano sobre todo. Es una ciudad donde las ruinas romanas se levantan como si nada en medio de una ciudad moderna. Cuesta imaginar, al tocar una piedra u observar los restos de un templo, lo antiguas que son las construcciones y, por consiguiente, lo absurdamente corta que es nuestra participación en todo este asunto del devenir histórico.

De Mérida es recomendable visitar todo lo que se pueda, que podría dividirse en dos partes: aquellas ruinas que se encuentran en plena ciudad, a la vista de todo, y los otros sitios conservados, como el museo, el teatro y el coliseo romanos, que tienen sus horarios y costos (elevados, eso sí, incluso a los que viven en Mérida les pareció mucho los 12 euros de entrada para conocer todo el complejo, aunque no deja de ser imperdible desde todo punto de vista).

La última parte del quinto día, lo que quedaba de luz, la dedicamos a pasear por la ciudad, conocer la calle principal y su gran actividad social en el centro, así como visitar los principales edificios romanos en medio de los actuales. Más tarde tocó descansar. Sabíamos que el día siguiente traería muchos destinos nuevos y, en ese caso, Cáceres nos esperaba al alba.}

Malena

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